viernes, 20 de mayo de 2016

París

Tengo con París un relación que no tengo con ningún otro lugar del mundo. Es difícil de explicar, pero roza más lo mágico y fantasioso y no lo racional.  El viaje fue un regalo. Un regalo de tiempo y de disfrute que fue inigualable. Nada de planes ni itinerarios esta vez. Solo disfrutar de París. Me gusta caminar y no hay como caminar en París, por las calles angostas, curvas interminables que desembocan en plazas escondidas, con faroles de época y algún bar con las puertas abiertas, con música de fondo que invite a sentarse y disfrutar de un momento que puede ser eterno.

         Como siempre sucede en las vacaciones que se gozan de verdad el tiempo se pasa rápido. En un abrir y cerrar de ojos se me pasaron los días de la semana, pero estando ahí, estaba viviendo en otra dimensión como si existiese una segunda unidad de tiempo. La sensación de estar dentro de una película de acción, dónde las cosas suceden en un marco de velocidad continua, pero dentro de la acción es todo en cámara lenta. Como esos planos de 360 grados que se ven en esos momentos cruciales de la película, así me sentía yo. En el centro del universo, rodeada de la música de fondo de algún bar, el agua del Sena, las risas de jóvenes congregados en las orillas, los pájaros de los jardines de Luxemburgo, los manteros frente al Louvre, el olor a pan recién horneado, la brisa fresca por las noches y la sensación de las manos calentitas por los guantes mientras caminaba de noche por las calles de la ciudad.
        




Quedó registrado cada segundo que viví allá. El pasto húmedo de Champs de Mars, el sabor de vino blanco en mis labios, el olor a especies en la pattiseries, el café en vaso de vidrio alto con espuma a punto de rebalsar. Podría cerrar los ojos y volver a vivir todo de nuevo sin perderme un segundo. La alegría de llegar a la ciudad en la parada del subte en St. Michel. La palabra volveré fija en mi mente cuando me alejaba de la ciudad, como si me estuviera despidiendo de una persona.
París son momentos, son recuerdos nítidos y finitos que se acumulan, uno tras otro, cada caminata, cada saludo, cada línea escrita, cada canción, cada sonrisa, cada luz que se enciende en la ciudad.
         En París siempre se descubre algo nuevo, como conocer las casas de Hemingway, Gertrude Stein, Faulkner y Scott Fitzgerald. Como en la película medianoche en París, por momentos me sentía en un mundo surreal, mirando por la ventana de dónde se publicó el primer ejemplar de Ullises de tapa azul, que luego sería contrabandeado con una falsa tapa de Biblia. Descubrí que Montmarte es mucho más que una catedral de piedra blanca y vistas panorámicas. Aún siento la sirena de emergencia que tocan cada primer miércoles de mes a las doce en punto, solo para verificar que funciona. 

La estatua que atraviesa la pared de aquel personaje famoso de cuento que queda sin su poder mágico de traspasar paredes y queda inmortalizado a la vista de todos. Imposible aburrirse, siempre hay leyendas y secretos por descubrir que ya o importan si son ciertos, tienen ese aire melancólico que le da el encanto único a Paris.
Absorbí el viaje a mi ritmo, poco a poco, como una esponja que retiene cada gota  para sí. Poco a poco disfrutaré de los recuerdos, hasta que la esponja se seque y deberé volver a París.

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