Lo prometido es deuda. Como prometí en el encuentro de Café Literario: "Historias que dejan marca". Acá va mi cuento que recibió mención en el Certamen Nacional Leopoldo Lugones 2019. Como me pasa con todos mis cuentos, le cambiaría algunas palabras, lo puliría un poco más, pero resisto la tentación y lo dejo tal cual como fue al concurso. Gracias a todos por los lindos mensajes. Maru

Un avión imposible de olvidar


Todo cambió cuando apareció el avión. Fue en enero del ´86 en el campo de la abuela en La Falda, Córdoba. Era una noche calurosa, sin luna y un aire tibio nos mantenía reunidos en la galería. La sobremesa del asado se había extendido más de lo habitual. Los hombres hablaban de política con un whisky en la mano y las mujeres tomaban café en tazas chicas, sentadas en los sillones de mimbre blancos. Nosotros jugábamos, en pijama, a las escondidas, que de noche nos parecía más atractivo. Desaparecíamos para elegir un escondite ingenioso y una vez que encontrábamos un refugio era difícil calmar la agitación. Yo temía que alguien me descubriera detrás de la columna por culpa de la respiración entrecortada. La mayoría de las noches del campo transcurrían de ese modo, sin horarios, sin la orden de ir a dormir a una hora establecida. Apenas unos días atrás habíamos celebrado Navidad, que ese año nos había sorprendido con regalos más llamativos que otras veces. La felicidad aún flotaba en el ambiente. Recuerdo que esa noche, mi madre fumaba un cigarrillo con su café, cuando rara vez lo hacía en la ciudad. 

    En el medio del griterío de las conversaciones de los adultos y nuestro pica-pica del juego escuchamos un ruido que venía del cielo. Al principio no distinguimos qué era, pero el sonido, cada vez más fuerte, nos obligó a taparnos los oídos y algunos creo se inclinaron a modo de reflejo. Solo después de varios minutos vimos las luces rojas del avión y una ráfaga de aire arrasó mucha más que la tranquilidad de la noche. Nos callamos de golpe, inmóviles cada uno en su lugar. La nave aterrizó en el maizal del potrero cerca del tanque. El ruido del motor nos mantuvo en vilo hasta que minutos más tarde apagó su voz y los grillos sonaron de nuevo en la galería. Después de ese trance hipnótico, los adultos fueron los primeros en reaccionar. Entraron en pánico. Mi padre y mi tío nos mandaron adentro y directo a la cama. Acto seguido abrieron el candado de bronce de la vitrina de las escopetas y salieron armados. 

    Mi tía Lucía intentaba bajo cualquier pretexto poner a dormir a la abuela Nina. Por primera vez, la orden de ir a la cama fue acatada sin objeciones. Algo estaba sucediendo y no parecía ser algo precisamente bueno. Nadie se atrevió a desobedecer. Excepto, Juan. Mi madre y la cocinera recibieron la instrucción de cerrar los postigos. Nunca entendí bien el porqué, si alguien quería entrar en la casa podía romper los ventanales de la galería y listo. Creo que mi madre también lo pensó, pero una vez más no cuestionó a papá. En la casa, sin los hombres, parecía haber calma. En verdad era solo silencio, un mutismo forzoso. Las mujeres terminaron de lavar los platos y se quedaron esperando en la cocina. Los hombres no regresaban. Mi madre empezó a lustrar los muebles a esa hora de la noche. 

    En el cuarto de los varones dormíamos Juan, mi primo mayor, Fede, mi hermano, y yo. Esa noche no dormí. Juan se escapó por la ventana mientras yo vigilaba la puerta. Quería ir, pero Juan me convenció de que debía cuidar a Fede que en ese momento tenía cuatro años. Yo también quería ver qué pasaba afuera. Yo también era grande, acababa de cumplir siete. Confieso que pensé en escaparme cuando Fede se durmió. Al final, me resigné a esperar. 

    Sentado en la cama mirando la línea de luz que se escurría por debajo de la puerta, escuché el disparo. Me paralicé. Sentí como si una avalancha de piedras me hubiese abatido manteniéndome rígido en la cama. Varias veces me propuse salir, pero las piernas no me respondían. El miedo se instaló en el cuarto de la mano del silencio. Sin señales de Juan, lo único que lograba escuchar eran los susurros de las mujeres. Al rato mamá entreabrió la puerta y simulé dormir. Pasó mucho tiempo antes de que regresaran los hombres, creo que fueron varias horas. Lo único que recuerdo es que el reloj de Mickey marcaba las tres. 

    Cuando los vi sentí alivio, como si alguien me hubiese quitado las piedras de encima y ahora pudiera respirar de nuevo con normalidad. Me oculté bajo la cortina del living. Pude ver la cara de mi padre. Nunca lo había visto con esa expresión. El ceño fruncido, su brazo en alto acentuando alguna palabra con énfasis y el tono cada vez más agudo. Lo que sucedió después nunca lo entendí. Mi padre y mi tío discutieron. Una pelea que culminó en gritos e insultos mutuos. Mi padre, enfurecido, golpeaba la mesa de juegos con el puño cerrado. Las venas sobresalían dejando en evidencia un relieve rugoso. Hubiese jurado, que se había convertido en un superhéroe, con el poder de lanzar fuego por los ojos, su cara parecía encendida. Mi madre intentó acercarse tomándolo del brazo, pero mi padre se soltó y le dijo, sin mirarla, que se fuera a dormir. 

    Al día siguiente nos volvimos a la ciudad. Con el tiempo comprendí que aquella discusión había sido irreversible, ya que nunca más volvimos al campo ni pasamos otras fiestas en familia. Mi padre dejó de comunicarse con mi tío y lo dejó de nombrar como si pudiera borrarlo de su vida de una noche a otra. En el viaje de vuelta, mi madre trató de responder nuestras preguntas incesantes de por qué nos volvíamos antes de Reyes, hasta que ella misma nos mandó a callar cuando se le acabó la paciencia. Mi padre manejó en silencio, pero su ceño permaneció fruncido. Hasta el día de hoy, mantiene esa expresión. 

    A mi primo Juan lo seguí viendo en el colegio, pero nunca más compartimos las vacaciones o las fiestas. Esa noche en el campo después del disparo me preocupé porque no volvía. Pensé lo peor. La discusión de los hombres se hacía eco hasta en nuestro cuarto y no sabía si debía avisar que faltaba Juan. Esperé junto a la ventana con la nariz apretada contra el vidrio dejando garabatos en el vidrio empañado. Con los ojos fijos en la negrura vigilé cualquier movimiento inusual. Cuando Juan apareció por la ventana, me caí al suelo del susto. Su cara pálida, no expresaba la emoción y la aventura con la que había salido a explorar unas horas antes. Sin decir una palabra, se metió en su cama y me dio la espalda. A la mañana siguiente, lo impacienté con preguntas que se negó a responder. Al despedirme del campo me abrazó y me dijo: 

    —Olvidate del avión, Tommy. Prometeme que no le vas a contar a nadie. 

    No pude cumplir. Yo también había cambiado.









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